Estallan mis rosas que cuido sin saber,
que gozo con desconcierto.
pétalos de un lecho siempre injusto,
espinas que evocan que polvo serás.
domingo, 23 de octubre de 2016
miércoles, 12 de octubre de 2016
El rojo y el negro, Stendhal. Columna "Luz de noche" en Pensamientos Literarios
El rojo y el negro.
Por Inés Arteta.
"En nuestra intimidad, todos nos reconocemos contradictorios: un poco interesados y un poco altruistas, románticos y a veces calculadores, con momentos espirituales y otros, materialistas."
“La verdad tiene sólo una cara: la de la contradicción violenta.”
George Bataille.
“Si la sociedad entera es corrupta, sería un tonto de no beneficiarme de la corrupción”, dice Julien Sorel, el protagonista de la novela El rojo y el negro, de Stendhal. Julien es un joven francés de 19 años que nació en 1808, en una familia de carpinteros, en el peldaño más bajo de la escala social. Su padre lo maltrata e incluso lo desprecia porque no es un rudo trabajador como él habría querido sino un muchacho delicado al que le interesan los libros. El objetivo de Julien es escapar de ese ambiente que le resulta vulgar y opresivo. Ambiciona ascender socialmente pero, con Napoleón fuera de juego desde 1815, ya no puede hacerlo en el ejército (simbolizado por el color rojo).
Le ha tocado vivir en una Francia dominada por el fortalecimiento de la derecha debido a la Restauración Borbónica y, además, legitimada por la Iglesia. La única –aunque difícil– manera de ascender es a través de la carrera clerical (cuyo color simbólico es el negro). Julien estudia latín bajo la protección del abate Chelan, quien le consigue el primer trabajo en su búsqueda por abandonar la clase social a la que pertenece y que detesta: será el tutor de los hijos del alcalde de su pueblo, Monsieur de Rênal.
Además de ambicioso y calculador, Julien es egoísta, está enteramente dominado por su deseo personal, al que no le pone límites. Sin embargo, también es tierno, sentimental y enamoradizo. Primero se enamora de Madame de Rênal, la casta esposa del alcalde, su empleador. Su amor por ella brota, esencialmente, porque percibe que ella se ha enamorado de él. Entonces, una noche sale al jardín de la casa de los Rênal, apoya una escalera contra la pared y trepa a la habitación de madame. Esa escalera es el emblema de lo que más me gusta de esta novela: la ambivalencia de la personalidad del protagonista, que puede tramar un ardid detrás de otro para escalar social y económicamente, al mismo tiempo que arruinarlo todo por colarse en las habitaciones de las mujeres que se enamoran de él. Julien es frío e interesado al mismo tiempo que sensible. Es consciente de que vive en el siglo de la hipocresía y pretende hacerla fructificar: nunca dirá que desprecia a los ricos porque está dispuesto a decir siempre lo contrario de lo que piensa.
Es, también, una síntesis de su época: los ideales de la Revolución Francesa quedaron en el pasado y Julien llegó tarde a la meritocracia de la época napoleónica, entonces ascenderá de la única manera posible: accediendo, sin vocación y sin miramientos, a la carrera clerical. Hasta que no tolere más ese precio y la escalera se desplome después de que trepe a otra habitación de otra mujer que se enamora de él, la hija de su siguiente empleador: el Marqués de la Môle.
Ésa será la segunda parte de la historia de Julien –espejo de la primera–y sucede en París, donde el Marqués de la Môle le da trabajo como secretario. Rápidamente, el marqués percibe la inteligencia de Julien y poco a poco le va confiando trabajos de mayor responsabilidad. Para esos trabajos le había dado un traje negro, de secretario. Pero un día le regala un saco azul, y cuando Julien lo usa por las noches, el marqués lo trata como a un igual. Después le permite ingresar en la “crema” del poder reaccionario con tareas de mayor confianza, tareas que el Marqués no es capaz de confiarle ni a su propio hijo. Tanto quiere y confía en Julien (sin saber que él ha empezado a trepar una escalera hacia la ventana del cuarto de su hija Mathilde) que se le ocurre un ardid para azularle la sangre: pone en marcha un plan para ungirlo con la Cruz de la Legión de Honor, que facilitaría reconocerlo como el noble que no es. Ningún artilugio es mal visto en una época en la que la hipocresía es soberana y reina a gusto, además de que, como dice otro personaje de la novela, “una condena a muerte es el único honor que no se puede comprar”. Si bien el galardón le da confianza a Julien, igual seguirá sintiéndose ajeno, condenado a ser un outsider, y esa sensación es la que mata su carrera y terminará matándolo a él, en el momento en que se siente traicionado por su gran amor: Madame de Rênal.
El Marqués, al enterarse de que su hija está embarazada de Julien, pierde los estribos. Una cosa es que él lo trate como un igual y otra es que haya osado creérselo. Ante el hecho consumado, pide referencias a su antigua empleadora, Madame de Rênal. Las que ella otorga son las de una mujer celosa y, además, aconsejada por su piadoso y agrio confesor: denuncia a Julien como un cazador de mujeres a las que seduce sólo para obtener beneficios. Julien se enfurece y sale a vengarse de su ex amante. Viaja a su pueblo, compra una pistola y le dispara dos tiros mientras Madame está en misa. Ella no muere y Julien es condenado a muerte por intento de homicidio. En el juicio no le interesa defenderse. Al contrario, como más tarde hará Mersault en El extranjero de Camus, acusa a la sociedad que lo condena. En un monólogo frente al juez, alega que no lo castigan por intento de homicidio sino por aspirar a pertenecer al selecto grupo de la elite. Su discurso es una afrenta al juez, prácticamente un suicidio, una actitud que no parece la de un frío calculador.
Pero Julien ha perdido interés por su presente y acepta pasivamente la muerte. Mathilde, la madre de su futuro hijo, pelea por salvarlo y él actúa con apatía y organiza las cosas para después de su muerte: pide que su hijo sea criado por Madame de Rênal porque Mathilde, según él, en algún momento ya no se interesará por el niño. Y pide ser enterrado en la cueva del bosque, en la montaña que mira a Verrières, “un lugar que el corazón de un filósofo envidiaría”, un deseo alejado de las ambiciones del hombre frío e inescrupuloso que había sido hasta poco tiempo antes.
El personaje está tan bien logrado que el lector se siente de su lado, haga lo que haga. Sus acciones parecen corresponderse con su personalidad, ya esté recitando la Biblia de memoria, llorando porque siente que Madame de Rênal no lo quiere más o viajando a Londres a discutir con aristócratas reaccionarios. Aun cuando entra en la iglesia a disparar contra Madame de Rênal, como lectores estamos de su lado. En nuestra intimidad, todos nos reconocemos contradictorios: un poco interesados y un poco altruistas, románticos y a veces calculadores, con momentos espirituales y otros, materialistas. Según las circunstancias, según la ocasión. Julien condensa la humana contradicción: sus sentimientos se perciben auténticos y no como parte del entramado de hipocresía con la que va tejiendo su ansiado ascenso social.
La voz narradora es detallista, muy perceptiva –acaso paternal–, y acompaña a Julien con comprensión y hasta con cierta necesidad de justificarlo. No obstante, generaciones de egoístas han rendido culto a Julien y aclamado a Stendhal, el fundador del culto a uno mismo (culte du moi). La voz narradora, al igual que la de La Cartuja de Parma, nos muestra que el egoísmo es autodestructivo y que los pocos no pueden ser felices cuando los muchos no lo son. No lo dice expresamente porque en las buenas novelas estas cosas no se explicitan: se muestran.
El rojo y el negro también puede leerse como una historia de la búsqueda del padre: freudianamente, de la ley. Julien busca un padre y lo encuentra en la voz narradora, que lo trata como a un hijo. También, en el abate Chelan, el padre Pirard y el Marqués de la Mole, que son como padres para él, tanto como el suyo no lo fue.
Quizás Julien sea un exponente de la incomprensión, tanto personal como social, y su hipocresía, una forma de defenderse ante tanto desamparo.
martes, 27 de septiembre de 2016
Primer Premio Municipal, especial E. Mallea
Recibí el Primer Premio Municipal de literatura, especial E. Mallea de novela inédita, bienios 2010/11, por la novela Las Pereira. Gran reconocimiento, ya que el premio involucra un subsidio de por vida para seguir escribiendo.
sábado, 10 de septiembre de 2016
Pensamientos literarios.: El viaje hacia uno mismo.
Pensamientos literarios.: El viaje hacia uno mismo.: Por Inés Arteta. “ Solo existen dos o tres historias humanas, pero se repiten con insistencia como si nunca antes hubiesen sucedido .” Wi...
martes, 2 de agosto de 2016
Aplomo bajo presión, columna en Pensamientos Literarios: http://www.pensamientosliterarios.com/2016/07/ines-arteta-hemingway.html
Lo que más me gusta del héroe hemingwayano, es que es un luchador. No importa si gana o pierde su batalla, lo que importa es que da pelea. Hemingway llamó al coraje con el que alguien se enfrenta a circunstancias duras, grace under pressure, aplomo bajo presión.
Los cuentos de Hemingway tienen un estilo lacónico, seco, mínimo. El texto dice lo menos posible y conocemos la historia leyendo entre las líneas. Por esa singular combinación de simplicidad y precisión, Hemingway obtuvo el Premio Nobel en 1954. Pero como opina Harold Bloom, sus mejores cuentos superan sus novelas, aun a The sun also rises (Fiesta, en castellano) y El viejo y el mar.
Es difícil leer a Hemingway sin intoxicarse del Hemingway-personaje y de su leyenda. El hombre buen mozo, de fuerte carisma, integrante de la lost generation en Paris de los años 20, que vivió dos guerras mundiales, la guerra civil española, adoraba las corridas de toros y la tauromaquia, estuvo en safaris en Tanzania y en Kenia, estuvo en China, vivió en los Cayos en los años 30, se casó cuatro veces y tuvo amantes actrices de Hollywood, patrulló el Caribe en su barco de pesca armado hasta los dientes durante la segunda guerra mundial, vivió en Cuba, desembarcó en Normandía, dijo ser el primero en entrar al Ritz después de la liberación de París, etc. Etcétera. Entre los etcétera se incluye su suicidio. Irónicamente, el suicidio era lo peor que podía hacer un héroe hemingwayano, el colmo de la falta de aplomo bajo presión. Observémoslo en algunos de sus cuentos:
“El campamento indio”, de 1925. Nick Adams, (alter ego de Hemingway), es un chico que acompaña a su padre a ayudar a una india que está en doloroso trabajo de parto desde hace dos días. También los acompaña el tío de Nick. El padre quiere que el hijo vea el modo como le realiza una cesárea a la mujer con un cuchillo y le cose la herida con hilo de tripa, pero él cierra los ojos. Le comenta que los gritos de la parturienta no importan. El bebé nace pero el marido de la mujer se degolló en su catre antes de que todo termine. El padre no quiere que Nick vea al muerto, pero él lo ve. Después le pregunta a su padre por qué se suicidó el hombre y él le responde que no aguantó las cosas. Nick se promete aguantar las cosas, ser un duro aguantador.
En esta historia, Nick atraviesa un rito de paso: con esta experiencia, abandona la infancia. A la ida, en el bote, iba en los brazos del padre y vuelve sentado en la otra punta del bote, dándole la espalda. Si bien en el cuento hay sexismo y racismo por el trato del médico hacia la india, la historia no se apoya en esa violencia sino en lo que pasa con Nick. El indio representará la antípoda del héroe hemingwayano: no resistió. Quizás se haya suicidado porque no toleró el sufrimiento de su mujer, o acaso no soportó el racismo de los hombres que vienen a ayudarla, o que el padre del bebé fuese el tío de Nick, que cuando ellos se van, permanece en el campamento festejando con los indios. Hemingway no nos aclara el motivo del suicidio, los lectores debemos interpretar qué es lo que le fue tan insoportable para no aguantar las cosas y rendirse fatalmente.
En “Los asesinos”, de 1927, unos gangsters se presentan en un restaurante y preguntan por Ole Andresson. Saben que él cena siempre ahí. Retienen a las personas que están en el lugar mientras esperan para matarlo. Como Ole no aparece, deciden ir a buscarlo. El hombre que atiende el restaurante le pide a Nick (que ahora tiene unos dieciocho años) que vaya a la pensión adonde vive Ole a prevenirlo. El cocinero le recomienda que no se meta. Nick encuentra a Ole recostado en su cama mirando hacia la pared, como el indio suicida. Agradece el aviso de Nick, pero él ya se ha rendido: no va a huir y menos aún, avisar a la policía. Ole, que había sido boxeador profesional, que cobraba por dar pelea, ahora se da por vencido. Nick, que ha tratado de hacer algo por él, no aguanta la actitud de Ole, que, en los estándares de Hemingway, es antiética, –el mal debe ser confrontado–, y decide irse del pueblo. Irse es también una manera de huir, de no aguantar la presión.
El cuento está contado en diálogo, es seco, mínimo. Presenta la técnica de la omisión o, como la llamó el mismo Hemingway, del iceberg. La historia sucede debajo de la superficie, no sabemos la razón por la que quieren asesinar a Ole ni por qué él se rinde. Debemos encontrar el calado de la historia en lo que no se dice, como en “Colinas como elefantes blancos”, (también de 1927): en este cuento, lo que se ve por arriba de la superficie es una liviana conversación de una pareja en una estación de tren española, sobre si continuar con la vida estéril y decadente que llevan, o asentarse en otra convencional pero más valiosa, pacífica y gratificante. Deben decidir si llevar adelante una operación que es, según el hombre, una pavada, y, aunque él dice que no quiere que ella se la realice si no quiere hacerlo, es evidente que hablan de un aborto y que él quiere que se la haga y ella no. El hombre prefiere seguir como estaban antes, los dos solos y despreocupados, y la mujer, si bien dice que ella misma no le importa y que se va a operar para complacerlo, se percibe que a ella sí le importa, es conciente de su capitulación pero no tiene el coraje para resistir. Ella tampoco aguanta la presión. Las colinas, en el cuento, representan la permanencia, al mismo tiempo que la ilusión de lo que parece una cosa, evoca otra. Un “elefante blanco” es algo muy caro e imposible de mantener. La ilusión lo es. El aborto es un acto simbólico de soltar irrevocablemente lo que es bueno y vivo en el mundo. El cuento termina con una mentira de la mujer, la vencida: “me siento bien”. Entonces, con el foco en el aborto, por debajo de la superficie, exploramos la relación entre el hombre y la mujer, tanto desde lo que dicen, como desde lo que no dicen. Y ninguno de ellos es un héroe hemingwayano.
Decía Hemingway: “Si un escritor en prosa conoce lo suficientemente bien aquello sobre lo que escribe, puede silenciar cosas que conoce, y el lector, si el escritor escribe con suficiente verdad, tendrá de estas cosas una sensación tan fuerte como si el escritor las hubiera expresado. La dignidad de movimientos de un iceberg se debe a que solamente un octavo de su masa aparece sobre el agua”.
Esa omisión también está en “Un lugar limpio y bien iluminado”, (de 1933): de una conversación entre dos mozos sobre un cliente, un viejo, brota la tremenda soledad de dos de ellos y los prejuicios del tercero. El mozo joven quiere echar al viejo, cerrar, irse a su casa y meterse en la cama con su mujer. No tiene ningún tipo de empatía con el viejo borracho. El mozo más viejo, por el contrario, se identifica con él y con los insomnes, que necesitan una luz en la noche. A él le parece que el joven no entiende porque es joven, tiene un trabajo y tiene confianza. Ya le va a llegar la desilusión. Él no quiere cerrar por si alguien necesita un lugar limpio e iluminado para tomar con dignidad. Entonces se cuestiona su propia hambre de una luz en la noche y su insomnio, y cree que probablemente sean muchos los que padezcan eso mismo. El lugar limpio e iluminado, el café, sería un respiro temporario del caos y la oscuridad del mundo, destruido de valores. Frente al sinsentido de la vida, el Misterio y el choque contra la Nada, sería un especie de refugio. No llega a ser un escape, sino un respiro temporario. El mozo viejo es un héroe hemingwayano porque es solidario, juega el juego de la vida con reglas y, en la conciencia del sinsentido, le encuentra sentido al Misterio de la humanidad. A él no le importa si el cliente es viejo y borracho, el café ofrece un servicio determinado y no quiere acortarlo y sacar una ventaja. Esa es su forma de dar pelea, de aguantar.
En “La feliz y corta vida de Francis Macomber”, (de 1936): una pareja de ricos va de safari y Francis, el marido, ha mostrado ser un cobarde cuando, después de herir a un león, huyó corriendo cuando debieron entrar en la selva a rematarlo. A Margot, su esposa, la abochorna su conducta y lo demuestra acostándose con Wilson, el guía. Así, le indica a su marido que lo domina. En su matrimonio, ella había aportado una singular belleza y él una singular fortuna. Once años después, su belleza se ha marchitado un poco y la cobardía de su marido es una herramienta de control para ella. Si él tomara coraje, podría darse cuenta de que puede dejarla y renovarla por una más joven. A la mañana siguiente, el humillado Francis quiere redimirse en la caza del búfalo. Esa escena es una paralela a la del león: hieren al búfalo y otra vez hay que entrar a la selva a rematarlo. Pero esta vez Francis actúa con valentía y arremete contra el búfalo herido. Eufórico, ya transformado en valiente, recibe un tiro en la cabeza. El disparo salió del rifle de Margot, que había apuntado al búfalo herido que encaraba a Francis, y en vez, le embocó a su marido. La felicidad de Francis es corta, dura apenas unos segundos. Pero muere dueño de sí mismo, dando pelea. Sin embargo, Francis no sería un cabal héroe hemingwayano porque no actúa según reglas sino que reacciona. Wilson, en cambio, un outsider que desafía la moral convencional y las reglas sociales, sí lo es porque tiene sus propios códigos que acata a rajatabla. Sus reglas no son las convenidas sino las propias: azota a los nativos por más que está prohibido, pero no lo hace por sadismo sino porque ellos prefieren ese castigo al recorte de dinero. Caza desde el auto, por más que está prohibido, porque le parece más excitante. Lleva un catre doble porque sabe que podría llegar a acostarse con las mujeres que lo contratan. Por más que Francis, su cliente, le pide de irse después de herir al león, le responde terminante que no, porque no se abandona a un animal herido. En sus códigos, sobrevive el más apto, por eso no le preocupa que Francis sepa que se acostó con su mujer. Acata sus propias reglas y va a fondo con ellas frente a todo tipo de presión.
En “Las nieves del Kilimanjaro”, (de 1936), el escritor Harry, (seguramente alter ego de Hemingway), espera la muerte en un catre dentro de una carpa en el medio de Tanganika, a los pies del Kilimanyaro. Se había sucedido una serie de pequeños infortunios que, combinados, le consiguen la muerte: el chofer se olvidó de poner aceite a la camioneta y quedaron varados, él se pinchó la rodilla con una espina, no le puso desinfectante y se gangrenó. Mientras espera la muerte, maltrata a su mujer que lo atiende maternalmente y se reprocha haber dejado de escribir para ceder a la vida cómoda que le permitió el dinero de ella. Se increpa por el desperdicio de su talento y haberse convertido en lo mismo que tanto despreciaba y criticaba. Mientras entra y sale de la inconciencia, su actitud oscila entre la resignación, la valentía y la indiferencia. Pero al final logra el aplomo bajo presión, y, en la agonía, vuelve a encontrar la creación artística. Por lo tanto, no muere entregado. Cuando la muerte al fin llega, no es dolorosa y él está preparado para ella. Es trascendente; el ¿alma? De Harry sobrevuela el Kilimanyaro, donde hay pureza.
En mi opinión, no importan los autores, –ni aun si han sido todos unos personajes–, lo que importa es su obra. En el caso de Hemingway, rescato, por sobre todo, al luchador. No es un winner porque haya ganado sino porque juega a fondo con sus propias reglas y, con mucha garra, le pone el alma. Tiene grace under pressure. Aplomo bajo presión. http://www.pensamientosliterarios.com/2016/07/ines-arteta-hemingway.html
martes, 21 de junio de 2016
Turgeniev: Memorias de un cazador
Columna en Pensamientos Literarios
Memorias de un cazador o Relatos de un cazador, (según si la edición es de Cátedra o de Longseller) del ruso Iván Turgeniev, fue escrito en el siglo XIX, y hoy nos atrapa como un libro moderno, con una voz narradora ágil, concisa y fácil de seguir, que nos deja rumiando sobre lo que le ocurre a sus personajes. El narrador es un hombre que va de caza en Spasskye, al sur de Moscú, y en plena naturaleza, sabe observar. Nos lleva por lomadas, cabañas entre abedules, estepas y bosques. Señala pájaros exóticos y pájaros comunes, permanece agazapado detrás de unos arbustos durante horas, esperando un faisán para cazarlo; nos lleva hacia un lago, un río, varios ríos, oímos a lo lejos el ruido de las astas de un molino, contemplamos tormentas, soles, ramas de abedules sacudidas por el viento. De repente se hace de noche y el cazador se detiene a descansar en la cabaña de un campesino, en un establo, en una hostería, en el medio del bosque frente a una hoguera. El cazador es un aristócrata que disfruta de un trozo de pan o de unas papas caldeadas en las brasas a la intemperie, de comerlas con las manos, zafando de los modales de su frígido palacio, mientras palpa la naturaleza con toda la piel de su cuerpo. Y, mientras caza animales, pareciera cazar historias de los campesinos con los que se va topando. Los interroga y nos deja escuchar sus historias. De una manera sutil, austera, casi casual, expone la atroz esclavitud de la que eran víctimas. Hasta que él no los puso en escena cuando en 1847 los relatos empezaron a ser publicados en la revista El contemporáneo, los campesinos no habían aparecido en la literatura rusa. Figuraban como decorado, en los márgenes de los acontecimientos narrados.
La obra de Turgeniev pertenece a lo que se llama “realismo crítico ruso”, que es una corriente que pretende representar la “verdad de la vida”, y ofrece personajes “pequeños”; es decir insignificantes y ordinarios, con historias dramáticas pero muy cotidianas. La publicación de los relatos de Turgeniev causó una impresión profunda en los lectores rusos. Los reaccionarios los consideraron “incendiarios” y el autor fue vigilado por el zarismo. Los campesinos y la vida en los poblados del campo son retratados con afecto y profundidad psicológica. Turgeniev los muestra inteligentes, sagaces, honrados, generosos en contraposición a los terratenientes crueles, inmorales e intelectualmente limitados. Pero eso no significa que se vean de una manera plana, de buenos contra malos. Al contrario, los campesinos son personas de carne y hueso a los que les pasan cosas. Son contradictorios, tienen virtudes y defectos, algunas veces pueden ser miserables, en general son dóciles, pero siempre nobles.
El cazador, el mismo Turgeniev, se encuentra con ellos en el camino. Por ejemplo, de repente la lluvia lo toma desprevenido y se pierde en un bosque tupido. Al anochecer, encuentra un campamento de chicos, hijos de siervos, que han llevado sus caballos a pastar. Les pide que le permitan permanecer con ellos hasta que salga el sol. Se recuesta contra un tronco, cierra los ojos. Se hace el dormido para escuchar la conversación de los chicos, que cuentan cuentos de duendes durante toda la noche. De ese modo, conocemos las supersticiones campesinas, sus miedos y cómo interpretan la vida humana. Cuando el cazador los deja en la madrugada, se va con una sensación nueva, una especie de alegría desconocida y una percepción de la vida que antes no tenía. Los chicos, ahora, son personas reales en vez de anónimos miembros de la clase campesina. Entre ellos, sentimos a Pavlusha como predilecto, porque parece el más valiente y resuelto. Algo en nosotros quiere estar ahí con esos chicos, los caballos, el cazador compasivo, la charla sobre duendes y la noche de temperatura perfecta. Al final del relato, Turgeniev nos cuenta que al final de ese año, Pavlusha murió al caer de un caballo. El hecho nos angustia porque nos muestra la ironía del destino, que no hace excepciones y es, de una manera pavorosa, omnipotente.
En todo momento, Turgeniev nos trata como lectores inteligentes: nos cuenta historias maravillosas sin explicárnoslas. Nos permite rellenar los silencios con nuestra propia percepción, nos deja charlando con nuestra propia voz interior en vez de “enseñarnos” lo que debemos aprender.
En otro de los relatos el narrador-cazador nos relata que se engripó y, convaleciendo en una hostería de un pueblo, el médico del condado le cuenta algo que le sucedió, una historia que él mismo no llega a entender. Había ido a atender a una chica que estaba muy grave y, desesperado porque la enferma era tan joven y tan bella, se quedó en su casa, en la que vivía con su madre viuda y sus hermanas, tratando, en vano, de que se recuperara. El médico sentía que se iba enamorando de la chica, pero cuando lo cuenta no se da cuenta de que esos sentimientos se mezclaban de compasión, de la impotencia que sentía de que muriera una chica tan bella y joven. La enferma, percibiendo que la muerte la acechaba, sintió un pasmoso ataque de amor por el médico. Parecería que la chica no quería morir sin haber sentido el amor, –al menos el médico no sabe la razón del repentino amor de su paciente–, que se lo expresó a la madre y a las hermanas. La revelación, repleta de dramatismo, parece una ceremonia de matrimonio en el lecho de muerte. El médico cuenta todo esto sin decir que, si otras fuesen las circunstancias, la chica jamás lo hubiese mirado porque ella lo supera en alcurnia y, además, es demasiado bella para él. Ni tampoco qué es lo que ese suceso le otorgó a él, que tiene nombre de tonto y siempre se sintió medio tonto. El médico no sabe muy bien por qué cuenta esa historia, solo siente el fuerte deseo de contarlo para ensayar comprenderlo, y en ningún momento parece ser consciente de la ironía que contiene su autoretrato. El cazador que lo escucha, no lo ayuda, como si él no fuese más sabio o conocedor del alma humana que el médico. Nos deja a nosotros aportar nuestra comprensión o nuestra empatía, como si estuviese claro que cada uno de los lectores tuviese su propia visión de los hechos de la vida. Porque Turgeniev no predica doctrinas, no propone un remedio para el mundo. Sólo percibe, con mucha nitidez, ciertas debilidades del carácter ruso y las expone con candor y sin falta de amabilidad.
En otro momento de cacería, el cazador y el siervo que lo acompaña, Yermolai, piden al molinero que les deje pasar la noche en su casa. Los atiende Irina, la esposa del molinero, que va y viene con mensajes de su marido, que no quiere permitirles quedarse porque tiene miedo a que los cazadores le provoquen un incendio. Al final lo convencen de que los deje acampar en el establo. Mientras los escuchamos a los tres conversar esa noche bajo las estrellas, nos damos cuenta de que Irina vive una vida sin amor. El cazador nota que tiene modales más finos que los de la gente de campo y le pregunta si ella antes era la dama de compañía de una señora en la ciudad. Ella le responde que sí y el narrador recuerda que años antes, le escuchó a un amigo opulento aristócrataquejarse de la ingratitud de la excelente dama de compañía de su esposa (mucama personal), que había pedido permiso para casarse con el cochero. Este aristócrata, (que, hasta la emancipación de los siervos eran sus dueños) por más que le dolía dejar a su esposa sin una excelente dama de compañía, había tenido que darle una lección magistral a la chica que había osado pedir permiso para casarse. Ellos no querían empleados casados porque eran un fastidio, así que rapó a la chica y la envió al campo, lejos del cochero. El narrador une aquella historia con la de Irina. A ella, una vez en el campo, un molinero pagó por su manumisión, porque ella era capaz con los números, entonces le servía. El relato termina con un diálogo entre Irina y Yermolai en el que se entrevé que son amantes, quizás el único desahogo de Irina. El narrador no condena la actitud del amigo aristócrata, él pone el foco en el modo como una clase social trata a la otra, que le pertenece. El final, como el de los demás relatos, es austero y como casual. Parece decir que la vida continúa.
La voz narradora de todo el conjunto de relatos no se distingue de la del propio Turgenev, que es sabiamente pasiva, gentil, y meticulosamente observadora. Quizás su virtud sea la de mostrarnos algo que está ahí, siempre estuvo, pero no alcanzábamos a ver sin su ayuda. Nos hace observar el misterio de aquello que, aparentemente, es de lo más común.
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