El pueblo paraguayo, 80% católico, vive tres días de fiesta, asueto y exaltación.
Hay quienes montan guardia en una esquina por la que, según se ha oído, pasará el auto del papa (y la custodia que no se le despega). La hilera de autos negros que lleva en uno de ellos al Santo Padre pasa a tanta velocidad que frustra un atisbo, una foto o poder decir “yo lo ví”. Acá las conversaciones comienzan por “¿viste al papa?”, y la pregunta reconoce que alcanza con sólo haber visto pasar a toda velocidad, como una sarta de avispas zumbando, la fila de autos negros de la comitiva.
Hay quienes montan guardia en una esquina por la que, según se ha oído, pasará el auto del papa (y la custodia que no se le despega). La hilera de autos negros que lleva en uno de ellos al Santo Padre pasa a tanta velocidad que frustra un atisbo, una foto o poder decir “yo lo ví”. Acá las conversaciones comienzan por “¿viste al papa?”, y la pregunta reconoce que alcanza con sólo haber visto pasar a toda velocidad, como una sarta de avispas zumbando, la fila de autos negros de la comitiva.
Paí Francisco en Paraguay
Fervor
devoto
Hay quienes han acampado desde las cuatro de la tarde del viernes en la
plaza de Caacupé (previo permiso obtenido con meses de antelación), pasado la
noche a la intemperie, para que en la misa del sábado de las 10.30, solo avistar
las espaldas de los hombres que visten chalecos fluorescentes de “seguridad”. Del
otro lado del vallado hay una aglomeración de personas que se conforma con
sentir que están cerca del papa, oírlo por los altoparlantes y verlo por las
pantallas gigantes. Los de la plaza frente a la emplanada de la basílica de
Caacupé, han debido dejar sus pertenencias en el ingreso, salvo las bolsas de
dormir. Dejaron paraguas (y hubo fuertes chaparrones durante la noche), termos
y bolsos, y al salir se habían extraviado la mitad de las cosas. Antes de las
seis de la mañana pagaron 3.000 guaraníes para ir a uno de los baños que alquilaban
los vecinos de Caacupé. A partir de esa hora, aguantaron las ganas de orinar
sin beber una sola gota de líquido, porque si salían del territorio vallado, no
podrían regresar. Al finalizar la misa, con las vejigas explotando, los baños habían
subido a 5.000 guaraníes. Los de mi grupo luego esperaron dos horas en el
estacionamiento hasta que pudieron ingresar los micros. (Total entre la llegada
y la salida: 23 horas a la intemperie en Caacupé).
Mi grupo ha viajado durante más de veinte horas en micro desde Buenos Aires
para ver al papa. Se aloja en el suelo de las aulas y en el patio del colegio
San José. El día de la misa del papa en Caacupé regresaron al colegio a las
seis de la tarde, extenuados, a almorzar. No comían nada desde la vianda de la
noche en vela; sándwich, agua y una banana. Tuvieron que discutir con
paraguayos enojados con los extranjeros que los avasallaban. “Qué hacen ustedes
acá, este es nuestro país”. “Pero el papa es argentino y en Argentina hay mas
paraguayos que acá”. Al grupo se lo distinguía por la gorra blanca y amarilla
con la imagen de Francisco y la remera con la leyenda “Parroquia Caacupé, villa
21/24, Barracas. Paraguay 2015”. Tan poco vieron al papa, que se enteraron en
el micro de regreso a Asunción que los padres Toto, Juan y Pepe, estuvieron en
el altar. A la vuelta, en el patio del colegio San José, el Padre Toto ha
debido consolar a los 200 extenuados integrantes del grupo. Explica que lo importante
es estar ahí en un momento como este. Admite que es cierto que algunos de La
Carcova (grupo del Padre Pepe) se retiraron antes de la plaza y se apostaron en
una esquina y vieron al papa más de cerca. Tuvieron suerte. Pero lo importante
es estar ahí, insiste, vivir lo que estamos viviendo.
“Ahí”, testimonia esta cínica cronista, es la ciudad teñida de blanco y
amarillo enfervorizada por la visita papal. Vi multitudes en las calles con
banderines amarillos, multitudes montando guardia en las esquinas por las que
estaba previsto que pasara el papa-móvil, niñas llorar con espasmos por la
cercanía del anciano con túnica y quipá blancas, oí el
clamor encendido, extasiado y
suplicante de la muchedumbre.
Para mi grupo, el cardenal Bergoglio es “uno de ellos”. Antes de que fuese
Francisco, estaban acostumbrados a verlo llegar al barrio en colectivo, con su
valijita. A que visitara casas, se sentara a tomar mate. No faltara a ninguna
de las fiestas del 8 de diciembre y se asara de calor recorriendo todos los
pasillos, siempre con su sombrero. Una de ellas ha sido especialmente requerida
por Francisco en Paraguay: Ofelia. Se conocen del barrio. El papa admira su
obra de comedores. Ofelia no fue con el grupo a Caacupé porque la pasaban a
buscar para llevarla a la catedral. Ahí tuvo que lidiar con los de seguridad,
que pretendían sentarla en la fila 10. La defendió un sacerdote español con el
argumento de que ella era también lisiada, como él, y lograron sentarse en la
fila 5. Eso fue lo más cerca que estuvo de Bergoglio, el papa Francisco.
Dos grupos de cine vinieron a la villa para hacer películas del papa, me
cuenta Juliana. Uno era para un documental, el otro, no sé. Contrataban a la
gente por 2.000 pesos al día. No les importaba que iba cualquiera, los que ni
siquiera lo conocían a Bergoglio. De repente aparecía uno contratado y hacía
traer a toda sus parientes y por 2.000 pesos al día contaron todas mentiras.
Emiliano, que vivió dieciocho años en el barrio y fue uno de los fundadores
del “grupo de hombres” del padre Pepe di Paola, me cuenta que en Paraguay hay
un abismo entre la clase alta y los demás. La clase alta se dedica al gobierno.
Por eso nunca hubo educación en Paraguay. No les conviene. Está la universidad
nacional y la católica y sólo para los que no tienen que trabajar. (Pasé por el
campus de la universidad nacional, ocupa varias manzanas). Cuando él tenía
diecisiete les rogó a sus padres que lo ayudasen a estudiar porque quería salir
de la pobreza. Ellos le dijeron que estaban esperando que creciera para que él los
ayude con los seis hermanos que venían debajo. Demasiado que tenía el secundario. Demasiado,
eso no es pobreza. (Los paraguayos usan mucho la palabra “demasiado”. Por
ejemplo: ¿te gusta mi comida? Respuesta: demasiado. Puede equivaler a un
siempre “sí, mucho” o “no te conviene exagerar”). Entonces emigró. Con su 5 de
promedio con el que se había graduado del secundario en Asunción, consiguió
trabajo administrativo en Buenos Aires y se instaló en la villa 21/24. Escaló a
gerencia y diecisiete años después regresó a Paraguay pudiéndose comprar su
casa y trabajo administrativo en Telefónica. Entonces él mismo se pagó
estudios universitarios, nocturnos. Lo que más desea para su hijo es poder
mantenerlo mientras vaya a la universidad nacional y que se haga amigo de
alguno de clase alta para que le consiga un cargo. Y ya estaría hecho.
Empezaría a pertenecer a los dueños de Paraguay. Porque los paraguayos la pasamos dura, muy dura. Acá en Paraguay no hay forma de progresar y afuera nos
discriminan. Pero somos los que trabajamos más. Por eso a mí me fue bien.
Romualdo acota que en Argentina los trabajadores tienen derechos. Derecho a
trabajar ocho horas, a cobrar si están enfermos o por maternidad. En Paraguay,
eso sería una utopía. Acá, si cortaran una calle para reclamar por algún
derecho, los fajarían.
Almorzamos (¿o cenamos?) a las seis de la tarde. Fideos con tuco y
bolognesa, agua, y arroz con leche de postre. Somos doscientos. Después de
comer lavo doscientos platos, doscientos vasos y doscientos tenedores descartables
al ritmo de la cumbia. Me quemo las manos con el agua hirviendo en una cacerola
(no sale agua caliente de la canilla), para sacar la grasa de los platos que se
doblan al pasarles la esponja. A las nueve de la noche me acuesto en el suelo
de un aula, en una bolsa de dormir, con otras mujeres. Una de ellas vive en 9
de julio y está orgullosa de haber salido de la villa. Su hermana está
orgullosa de vivir en la villa y no se va por nada del mundo. Lo que pasa es
que su marido no quiere, me explica la hermana de 9 de julio. Porque dice que
afuera se siente mal, lo discriminan. Ahora están los tres acá porque el marido
está enfermo. Grave. Y el papa quizás lo bendiga y se cure. No quiere salir de
la villa y eso que tuvieron que levantar un muro en la parte de atrás de la
casa para no ver lo que hacen los de gendarmería. (No puedo escribir acá lo que
hacen porque sino los de gendarmería se la cobran a los curas). Seguimos charlando y nos
reímos hasta que tratamos de dormir.
Tengo cataratas de pensamientos. Pienso en que los paraguayos son sumisos
porque son católicos. Me avergüenza el pensamiento porque no he conocido gente
más buena que los paraguayos. Una pareja que no me conocía, porque yo conocía un
poco a la madre de él, no me dejó tomar un taxi para juntarme con el grupo. Se
ocupó de hablar con ellos desde ahí mismo, en Asunción, para que llegara
sabiendo que todo estaba resuelto. Me atendieron todo el día. Me llevaron a
Caacupé por atajos porque la ruta 2 estaba cortada por la visita del papa. Ella
se quedó en el auto mientras él y yo caminamos los cinco kilómetros desde donde
estacionamos hasta la emplanada de la basílica. Esperaron todo lo que yo
quisera demorarme. Compraron chipa para compartir conmigo en el auto. Esperamos
el paso del papa en la ruta porque no se podía pasar. Me llevaron al colegio
San José a que me encontrara con el grupo. Esperaron a que alguien me recibiera
allí. Todo eso por una desconocida, sin esperar nada a cambio. Conversamos con
la comodidad de conocerse de toda la vida. La bondad y la sumisión se llevan
bien, pienso acostada en el suelo y es un pensamiento que me entristece. Sospecho
que los pensamientos y lo duro y frío del suelo, no me dejarán dormir. Hasta
esa noche, yo venía siendo la cronista agnóstica de la historia de este barrio,
que admira e incluso envidia la fe de la religión popular. Temo que mi cinismo
arruine mis dos años de investigación y de entrevistas. Que decepcione a
quienes me encargaron que cuente la historia del barrio. De su comunidad. Cómo
la fe es el consuelo de quienes viven los azotes de la injusticia de la vida
humana. Cómo la confianza en un ente omnipotente, creador, que, convertido en
padre y en madre todopoderosos, concede consuelo, ánimo, favores. Mi
cinismo me empuja a dudar de todo. Sobre todo de mis propios pensamientos, que
en vez de ser sólidos, dejan que los escarbe, los amase, los cambie.
Buenisimo!
ResponderEliminar